dijous, 23 de febrer del 2012

Ferrocarril Nikoláiesvski.

"A la mañana siguiente, Nezhdánov se dirigió a casa de Sipiaguin y fue recibido en un magnífico despacho amueblado al viejo estilo pero de acuerdo con la dignidad de un estadista liberal. Éste, sentado tras una enorme mesa sobre la cual se acumulaban numerosos papeles inútiles, en el orden más rígido, y numerosos cortaplumas de marfil que nunca habían cortado nada, habló y durante una hora entera Nezhdánov escuchó al librepensador haciendo brotar sus sabias, corteses, condescendientes palabras. Al final recibió un anticipo de cien rublos, y diez días después se sentaba en el asiento de terciopelo de un compartimiento reservado de primera clase, al lado de aquél estadista sabio y liberal, camino de Moscú, a través de los raíles trepidantes del ferrocarril Nikiláiesvki."

Suelo Virgen, de Iván S. Turguenév
Trad. de Manuel de Seabra

divendres, 19 d’agost del 2011

El Gaucho

“[…] A la mañana siguiente hizo la maleta y se fue en taxi a la estación. Las mujeres lo despidieron desde la acera.
El viaje en tren fue largo y monótono, lo que le permitió reflexionar a sus anchas. Al principio el vagón iba repleto de gente. Los temas de conversación, según pudo colegir, eran básicamente dos: la situación de bancarrota del país y el grado de preparación de la selección argentina de cara al mundial de Corea y Japón. La masa humana le recordó los trenes que salían de Moscú en la película El doctor Zhivago, que había visto hacía tiempo, aunque en los trenes rusos de aquel director de cine inglés la gente no hablaba de hockey sobre hielo ni de esquí. No tenemos remedio, pensó, aunque estuvo de acuerdo en que, sobre el papel, el once argentino parecía imbatible. Cuando se hizo de noche las conversaciones cesaron y el abogado pensó en sus hijos, en la Cuca i en el Bebe, ambos en el extranjero, y también pensó en algunas mujeres a las que había conocido íntimamente y de las que no esperaba volver a acordarse y que surgían del olvido, silenciosas, la piel cubierta de transpiración, insuflando en su espíritu agitado una especie de serenidad que no era serenidad, una disposición a la aventura que tampoco era precisamente eso, pero que se le parecía.
Luego el tren empezó a rodar por la pampa y el abogado juntó la frente al cristal frío de la ventana y se quedo dormido.
Cuando despertó, el vagón iba medio vacío y junto a él un tipo aindiado leía un cómic de Batman. ¿En dónde estamos?, le preguntó. En Coronel Gutiérrez, dijo el hombre. Ah, bueno, pensó el abogado, yo voy a Capitán Jourdan. Después se levantó y estiró los huesos y se volvió a sentar. En el desierto vio a un conejo que parecía echarle una carrera al tren. Detrás del primer conejo corrían cinco conejos. El primer conejo, al que tenía casi al lado de la ventana, iba con los ojos muy abiertos, como si la carrera contra el tren le estuviera costando un esfuerzo sobrehumano (o sobreconejil, pensó el abogado). Los conejos perseguidores, por el contrario, parecían correr en tándem, como los ciclistas perseguidores en el Tour de Francia. El que relevaba daba un par de saltos y el que iba en cabeza bajaba hasta el último puesto, el tercero se ponía en el segundo, el cuarto en el tercero y así el grupo cada vez iba restando más metros al conejo solitario que corría bajo la ventanilla del abogado. ¡Conejos!, pensó éste, ¡qué maravilla! En el desierto, por otra parte, no se veía nada, una enorme e inabarcable extensión de pastos ralos y grandes nubes bajas que hacían dudar de que estuvieran próximos a un pueblo. ¿Usted va a Capitán Jourdan?, le preguntó al lector de Batman. Éste daba la impresión de leer las viñetas con extremo cuidado, sin perderse ningún detalle, como si se paseara por un museo portátil. No, le contestó, yo me bajo en El Apeadero. Pereda hizo memoria y no recordó ninguna estación llamada así. ¿Y eso qué es, una estación o una fábrica?, dijo. El tipo aindiado lo miró fijamente: una estación, contestó. Me parece que se ha molestado, pensó Pereda. La pregunta había sido improcedente, una pregunta dictada no por él, de común un hombre discreto, sino por la pampa, directa, varonil, sin subterfugios, pensó.
Cuando volvió a apoyar la frente en la ventanilla vio que los conejos perseguidores ya habían dado alcance al conejo solitario y que se le arrojaban encima con saña, clavándole las garras y los dientes, esos largos dientes de roedores, pensó espantado Pereda, en el cuerpo. Mientras el tren se alejaba vio una masa amorfa de pieles pardas que se revolvía a un lado de la vía.
En la estación de Capitán Jourdan sólo se bajó Pereda y una mujer con dos niños. El andén era mitad de madera y mitad de cemento y por más que buscó no halló a un empleado del ferrocarril por ninguna parte. La mujer y los niños echaron a caminar por una pista de carretas y aunque se alejaban y sus figuras se iban haciendo diminutas, pasó más de tres cuartos de hora, calculó el abogado, hasta que desaparecieron en el horizonte. ¿Es redonda la tierra?, pensó Pereda. ¡Por supuesto que es redonda!, se respondió, y luego se sentó en una vieja banca de madera pegada a la pared de las oficinas de la estación y se dispuso a matar el tiempo. Recordó, como era inevitable, el cuento El Sur, de Borges, y tras imaginarse la pulpería de los párrafos finales los ojos se le humedecieron. Después recordó el argumento de la última novela del Bebe, vio a su hijo escribiendo en un ordenador, en la incomodidad de una habitación en una universidad del Medio Oeste norteamericano. Cuando el Bebe regrese y sepa que he vuelto a la estancia..., pensó con entusiasmo. La resolana y la brisa tibia que llegaba a rachas de la pampa lo adormecieron y se durmió. Despertó al sentir que una mano lo remecía. Un tipo tan mayor como él y vestido con un viejo uniforme de ferrocarrilero le preguntó qué estaba haciendo allí. Dijo que era el dueño de la estancia Álamo Negro. El tipo se lo quedó mirando un rato y luego dijo: El juez. Así es, contestó Pereda, hubo un tiempo en que fui juez. ¿Y no se acuerda de mí, señor juez? Pereda lo miró con atención: el hombre necesitaba un uniforme nuevo y un corte de pelo urgente. Negó con la cabeza. Soy Severo Infante, dijo el hombre. Su compañero de juego, cuando usted y yo éramos chicos. Pero, che, de eso hace mucho, cómo me podría acordar, respondió Pereda, y hasta la voz, no digamos las palabras que empleó, le parecieron ajenas, como si el aire de Capitán Jourdan ejerciera un efecto tónico en sus cuerdas vocales o en su garganta.
Es verdad, tiene razón, señor juez, dijo Severo Infante, pero yo igual lo pienso celebrar. Dando saltitos, como si imitara a un canguro, el empleado de la estación se perdió en el interior de la boletería y cuando salió llevaba una botella y un vaso. A su salud, dijo, y le ofreció a Pereda el vaso que llenó hasta la mitad de un líquido transparente que parecía alcohol puro y que sabía a tierra quemada y a piedras. Pereda probó un sorbo y dejó el vaso sobre la banca. Dijo que ya no bebía. Luego se levantó y le preguntó hacia dónde quedaba su estancia. Salieron por la puerta trasera. Capitán Jourdan, dijo Severo, queda en esa dirección, nada más cruzar el charquito seco. Álamo Negro queda en esa otra, un poco más lejos, pero no hay manera de perderse si uno llega de día. Tené cuidado con la salud, dijo Pereda, y echó a andar en dirección a su estancia.

“El gaucho insufrible”
Roberto Bolaño

dimecres, 17 d’agost del 2011

Albertina

Tot enviant a Saint-Loup a cercar noticies d’Albertine… “Consultando la guía, vio que no podría salir hasta la noche, Francisca me preguntó:

- ¿Quito del despacho la cama de mademoiselle Albertina?

- Al contrario – le dije – hay que hacerla.

Esperaba que volvería de un día a otro y no quería ni siquiera que Francisca pudiera suponer que hubiera la menor duda. La marcha de Albertina tenía que parecer cosa convenida entre nosotros, en modo alguno que me amara menos. Pero Francisca me miró con un gesto, si no de incredulidad, al menos de duda. También ella tenía sus dos hipótesis. Se le dilataba la nariz, olfateaba la riña, debía sentirla, desde hacía tiempo. Y si no estaba completamente segura, quizá era sólo porque, lo mismo que yo, desconfiaba de creer enteramente en una cosa que la hubiera alegrado mucho.

Cuando apenas debía haber llegado Saint-Loup al tren, me crucé en mi antesala con Bloch, al que no había oído llamar, así que me vi obligado a recibirle un momento […]

[…] La verdad es que en aquel Balbec tanto tiempo deseado no encontré la iglesia persa que soñaba ni las nieblas eternas. Ni siquiera el precioso tren de la una y treinta y cinco respondió a lo que yo me figuraba. Pero, a cambio de lo que la imaginación hace esperar y que tanto nos esforzamos por descubrir, la vida nos da algo que estábamos muy lejos de imaginar. […]

[…] Recordaba a Albertina bajando del tren y diciéndome que tenía gana de ir a Saint-Martin-le Vêtu, y la veía también delante, con su toca bajada sobre las mejillas; volvía a ver posibilidades de felicidad y me lanzaba hacia ellas diciéndome: “Podíamos haber ido juntos hasta Quimperlé, hasta Pont-Aven”. No había ninguna estación cerca de Balbec donde no la viese, de suerte que aquella tierra, como un país mitológico conservado, me tornaba vivas y crueles las leyendas más antiguas, las más seductoras, las más difuminadas por lo que siguió en mi amor. […]

[…] Mi madre no debía estar lejos de la estación. Pronto saldría el tren. Y se extendía ya ante mí la Venecia donde iba a permanecer sin ella. No solamente no contenía ya a mi madre, sino que, como yo no tenía suficiente calma para dejar que mi pensamiento se posara en las cosas que estaban ante mí, aquellas cosas dejaron de contener ya nada de mí; más aún, dejaron de ser Venecia, como si sólo yo hubiera insinuado un alma en las piedras de los palacios y en el agua del canal.

Y me quedé inmóvil, disuelta la voluntad, sin decisión aparente; seguramente en esos momentos está ya tomada: nuestros mismos amigos pueden a veces preverla. Pero nosotros no podemos, y cuantos sufrimientos se nos evitarían si pudiéramos preverla.

Pero de antros más oscuros que aquellos de los que se lanza el cometa que se puede predecir – en virtud del insospechable poder defensivo del hábito invertebrado, en virtud de las ocultas reservas que éste, con un impulso súbito, lanza a la liza en el último momento - surgió, por fin, mi acción: eché a todo correr y llegué, con las portezuelas ya cerradas, pero a tiempo de alcanzar a mi madre, roja de emoción, conteniéndose para no llorar, pues creía que yo ya no iba a ir. “Ya lo decía tu pobre abuela: es curioso, nadie tan insoportable o gentil como este pequeño”. En el trayecto vimos Padua y después Verona venir hacia el tren, decirnos adiós casi hasta la estación, y cuando nos alejamos, las vimos volver, porque ellas no partían e iban a reanudar su vida, una a sus campos y otra a su colina.

Pasaban las horas. Mi madre no se apresuró a leer las dos cartas que no había hecho más que abrir y procuró que tampoco yo sacara en seguida mi cartera para coger la carta que me había dado el conserje del hotel. Temía, como siempre, que me resultaran viajes demasiado largos, demasiado fatigosos, y retrasaba lo más posible, para ocuparme en las últimas horas, el momento de desenvolver los huevos duros, pasarme los periódicos, deshacer el paquete de libros que había comprado sin decírmelo. Miré a mi madre, que leía su carta con sorpresa , después levantaba la cabeza y sus ojos parecían posarse sucesivamente en recuerdos distintos, incompatibles y que ella no lograba conciliar. Mientras tanto, reconocí la letra de Gilberta en mi sobre. Lo abrí. […]"

Marcel Proust, La fugitiva (En busca del tiempo Perdido, 6)
Traducció de Consuelo Berges

divendres, 3 de juny del 2011

Carolina

"Al final la Carolina, tota sola, va agafar un tren que l'havia de dur fins a Perpinyà. Allà la recolliria l'autocar dels andalusos i se l'endurien per veremar en algun punt de la riba del Roine. Els preparatius d'última hora i una conferència per telèfon amb el nòvio, entretallada d'interferències i rialles ploroses, li van dissipar definitivament els dubtes que li quedaven. La Carolina que va acomiadar-se dels seus pares, un dissabte al matí a l'estació de França, era una ànima en expansió. Dinou anys, quilòmetres, somnis. Tant sols dos mesos més tard, la Muriel que va atreure en Bundó, en un bordell de carretera a les afores de Lió, tocant a Fayzin, havia renunciat a qualsevol perspectiva i es limitava a sobreviure en terra de ningú."

"Maletes Perdudes"
Jordi Puntí

dimarts, 1 de març del 2011

La visió de Monica Vitti

Claudia busca amb la mirada a Sandro, tot fugint d'ell perquè no pot viure sense ell. Fuig en un tren sicilià provant d'escapar del seu propi destí.

dilluns, 14 de febrer del 2011

Baile y sueño

La portada d'aquest llibre ens remet a l'època daurada dels trens, tot i que en aquest capitol de la trilogia no en surt cap de tren. Serà en el seguent on Deza i Trupra llegirant a Steveson en el trajecte d'Edimburg a Londres.

Tot i això, en un passatge, el protagonista em porta a dos records que uneixen als meus progenitors en una sola cançó... "El peinador no se volvió, en cambio, se hacía la raya con agua y con extremado esmero y no dejaba de canturrear muy contento y ajeno a todo ("nanná naranniaro nannara nanniaro' así sonaba), era "The bard of Armagh", una canción irlandesa, o 'The Streets of Laredo si se prefiere, que es del Oeste (son la misma melodia con distinta letra y acompañamiento), la reconozco en seguida, la he oído cientos de veces e películas y en algunos discos, y aquel local no era tan abusivo como para tener altavoces en los cuartos de baño, así que la música de las pistas era apenas un eco lejano tras la doble puerta de los lavabos ingleses, y así se me metió en la cabeza al instante la bien audible balada o quizá es una nana, me sabía más o menos las palabras de la versión vaquera, mucho más conocida que la irlandesa, 'I spied a young cowboy all wrapped in white linen, al wrapped in white linen as cold as the clay' ('Divisé o espié a un joven vaquero envuelto en hilo blanco, todo envuelto en hilo blanco tan frío como la arcilla'), es la historia atisbada de un muerto que habla (o en realidad negada, es la no-historia) y cuya muerte violenta él quiere que se oculte a su madre, a su hermana, a su novia, es decir la mala vida que lo condujo a esa muerte, 'For I'm a poor cowboy and I know I've done wrong', ese fue uno de los versos que acudieron a mi memòria, suertos y salteador, sin orden, 'Porque soy un pobre vaquero y sé que he hecho daño', dice en sus versos, dice el verso; o 'que he hecho mal' si se quiere. Y a lo mejor no es un muerto sino un moribundo, queda ambiguo y confuso en la taciturna letra o quizá dependa de las variantes y de los interpretes. Pero no lo creo. En mi recuerdo el pobre vaquero hablaba ya muerto."
"Baile y Sueño", de Javier Marias,
segon volum de "Tu rostro mañana"


Era dificil unir la tradició de veure "Dublinesos" el cinc de gener a casa per raons maternes amb la dels dies de viatge amb cotxe amb en Marti Robbins del meu pare... però una única cançó i en un llibre, ho hem fet. Gràcies doncs a Marías, un autor que em fa gaudir per la seva manera de jugar amb la llengua i la traducció.

dimecres, 1 de setembre del 2010

Patras, Hotel Cecil

El barco estaba lleno hasta la borda de almas muertas que se aferraban a sus escasos bienes terrenales. Mujeres en harapos, con los senos desnudos, intentaban vanamente amamantar a sus rapazuelos que gritaban; sentadas en el suelo de cubierta, en un lodazal de sangre y vómitos, atravesaban este sueno sin que él les rozara siquiera los parpados. Si en ese momento nos hubiera alcanzado un torpedo, hubiéramos entrado llenos de sangre, de vómitos y de confusión en las tinieblas subterráneas. En ese momento sentí alegría de estar libre de bienes, libre de todo ligamen, libre de temor, de envidia y de malicia. Hubiera podido pasar de un sueño a otro, sin poseer nada, sin lamentar nada, sin desear nada. Nunca he estado más seguro de que la vida y la muer¬te son una misma cosa, y que no se puede disfrutar o abrazar una de ellas si la otra está ausente.
En Patras decidimos bajar a tierra y coger el tren para Atenas.
El hotel Cecil, donde nos detuvimos, es el mejor hotel que conozco, y he estado en muchos. Pagábamos unos 23 centavos diarios por una habitación que en América costaría por lo menos cinco dólares. Espero que todos los que pasen por Grecia se detendrán en el hotel Cecil y juzgarán por si mismos.


"El coloso de Marusi"
Henry Miller, 1941. En traducció de Ramón Gil Novalis.

dimarts, 31 d’agost del 2010

La línia Chuo

"Em va portar al seu institut, que era a prop de l'estació de Yotsuya. En passar per davant de l'estació vaig pensar en la Naoko i en les nostres llarguíssimes passejades. De fet, tot havia començat allà. Vaig pensar que si aquell diu­menge de maig no ens haguéssim trobat a la línia Chuo la meva vida seria molt diferent. Tot seguit, però, vaig canviar d’opinió: encara que aquell dia no ens haguéssim trobat, la meva vida hauria acabat sent com era. Ens havíem de trobar, i si no hagués estat aquell dia hauria estat un altre. No tenia cap prova que ho demostrés, però es tal corn ho sentia.

La Midori i jo ens vam asseure en un banc del parc des don es veia el seu institut, un edifici elegant amb les parets cobertes d'heura. Sota els ràfecs de la teulada hi havia uns quants coloms reposant. Al jardí s'hi alçava un gran roure i, just al costat, una columna de fum blanc. La llum de les darreries d'estiu accentuava l'aspecte tèrbol i boirós del fum."

"Tòquio Blues, Norewegian Wood"
de Haruki Murakami.
Traducció de Albert Nolla

dijous, 26 d’agost del 2010

Aniversari

"El dia de l'aniversari de la Naoko va ploure. En aca­bar les classes vaig comprar un pastis a prop de la uni­versitat i vaig anar amb tren fins a casa seva. “Vint anys no es fan calla dia”, li vaig dir. “Ho hauríem de cele­brar”. Si hagués estat al reves m'hauria agradat que ella fes el mateix. Deu ser trist estar sol el dia que fas vint anys. El tren anava ple corn un ou i es balancejava molt, de manera que quan vaig arribar a casa seva el pastis semblava les runes del Colosseu romà, Tot i així, amb les vint espelmes que havia. preparat clavades al pastis enceses, les cortines passades i el llum apagat, -vam reu­nir els ingredients d'un aniversari corn cal, La Naoko va obrir una ampolla de vi. Vam beure, vam menjar una mica de pastis i vam fer un sopar senzill.

- Em sento una mica beneita, fent vint anys -va dir ella-. No estic gens preparada. Se’m fa estrany. Es com si alga m'empenyés cap endavant.

- A mi encara em queden set mesos. Ja em prepara­ré amb temps - vaig dir rient.

- Quina sort! Encara en tens dinou – va dir com si li fes enveja."

"Tòquio Blues, Norewegian Wood"
de Haruki Murakami.
Traducció de Albert Nolla

dimecres, 25 d’agost del 2010

Passejades per Tòquio

Tot i així, la meva relació amb la Naoko va anar avançant.. De mica en mica ella es va anar acostumant a mi i jo a ella. Quan les vacances d'estiu es van acabar i vam encetar el segon semestre, ella va començar a caminar al meu costat com si fos la cosa mes normal del món. Vaig pensar que ja em veia com un amic, i a mi no em feia res caminar costat per costat amb una noia tan maca com ella. Vam continuar voltant per Tòquio sense rumb, pujant costes, travessant rius i vies de tren, caminant sense parar. No teníem cap destinació concreta. El que comptava era caminar sempre endavant, com si féssim una mena de peregrinació per curar les nostres animes. Si plovia caminàvem sota el paraigua.

Va arribar la tardor i el pati de la residencia es va co­brir de fulles de zelkova. En posar-me el jersei de màni­ga llarga vaig sentir l’olor de la nova estació. Com que les sabates que tenia se m'havien gastat, me'n vaig comprar unes de noves, d'ant.

No recordo gaire bé de que parlàvem en aquella època. Suposo que de res en especial. Com sempre, evitàvem dir res del passat, de manera que el nom d'en Kizuki no sortia gairebe mai en les nostres converses. No xerràvem gaire, i a mes ja ens haviem acostumat a seure en alguna cafeteria en un silenci absolut. "

"Tòquio Blues, Norewegian Wood"
de Haruki Murakami.
Traducció de Albert Nolla

dijous, 19 d’agost del 2010

Merchants' Special

"En algún lugar, a orillas del mar, el cielo, lo sé, está brumoso. El calor aprieta, y un olor metálico me entra por las fosas nasales. Las primeras nubes de una tormenta de verano ya se insinúan en el horizonte montañoso, y hace más calor donde viven ellos que donde vivimos nosotros. A lo lejos, en las vías del tren, la brisa permite oír al Mechant's special, de la red Amtrak, que pasa lanzado en dirección a Filadelfia. Y, gracias a esa misma brisa, un aroma a sal marina, que llega desde kilómetros y kilómetros de distancia, se mezcla con el confuso perfume de los rododendros y las últimas azaleas que plantan cara al verano".
El día de la Independencia
Richard Ford
Traducción de Mariano Antolín Rato.

"Elsewhere up the seaboard the sky, I know, reads hazy. The heat closes in, a metal smell clocks through the nostrils. Already the first clouds of a summer T-storm lurk on the mountain horizons, and it's hotter where they live than where we live. Far out on the main line the breeze is right to hear the Amtrak, "The Merchants' special," hurtle past for Philly. And along on the same breeze, a sea-salt smell floats in from miles and miles away, mingling with shadowy rhododendron aromas and the last of the summer's staunch azaleas."

dijous, 22 de juliol del 2010

45

I així havia arribat l’últim dia del viatge.
Els vagons van cruixir, els frens van grinyolar i després es va fer el silenci; de sobte van descórrer els forrellats i va ressonar l'ordre:
-‘Alle heraus.!’ (1)
La gent va començar a descendir a l'andana encara mullada per la pluja recent.
Quin aspecte tan estrany tenien aquells rostres coneguts després de la foscor del vagó! Els abrics i els moca­dors havien canviat menys que les persones; les jaquetes i els vestits els recordaven les cases on se'ls havien posat, els miralls davant els quals se'ls havien provat.
La gent que sortia dels vagons s'apinyava, i en aquella multitud hi havia alguna cosa familiar i tranquil·litzadora: l'escalfor familiar, l'olor familiar, els rostres cansats i els ulls extenuats, una massa compacta de persones que ha baixat de quaranta-dos vagons de transport de bestiar.
Dos SS de patrulla, vestits amb llargs capots, passaven lentament tot fent ressonar sobre l'asfalt les botes clavete­jades. Marxaven arrogants i absorts en els seus pensa­ments sense mirar els joves jueus que treien a fora de braços el cadàver d'una vella, els cabells blancs de la qual queien sobre una cars blanquinosa, ni el barbut de cabell arrissat que, de quatre grapes, llepava l’aigua d'un bassal, la geperuda que es pujava la faldilla per ajustar-se l’elàstic de les mitges.
De tant en tant els SS bescanviaven mirades i algunes paraules. Es movien sobre l'asfalt com el sol dalt al cel. El sol no es preocupa del vent, dels núvols, de les tempestats a la mar, de la remor del fullatge; però, en el seu movi­ment rítmic, sap que, a la terra, tot existeix gracies a ell.
Uns homes amb granotes blaves, braçals blancs a les mànigues i quepis amb llargues viseres cridaven i apres­saven els nouvinguts en una llengua estranya, una barre­jadissa de paraules en rus, alemany, jiddisch, polonès i ucraïnès.
Els homes amb la granota blava organitzaven la gen­tada de l'andana amb rapidesa i practica: seleccionaven els que no s'aguantaven drets, obligaven els mes forts a carregar els moribunds als furgons , creaven dins aquell caos de moviments desordenats una columna i li donaven una direcci6 i un sentit. La columna es divideix en files de sis, i per les files corre la noticia: .A les dutxes, prime r ens porters a les dutxes!»
Ni un deu misericordiós s'hauria pogut inventar res millor.
—Au, jueus, som-hi doncs! —va cridar un home amb quepis, el cap de 1'esquadr6 responsable de la descarrega dels combois i de la vigilància dels deportats.
Homes i Bones van agafar les seves bosses, els pens es van agafar a les faldilles de la mare i als pantalons del pare.
«Les dutxes... les dutxes...»; aquestes paraules tenien un efecte hipnotitzant sobre les consciencies.
Aquell home alt del quepis té alguna cosa familiar, atraient, sembla mes proper al món dels infeliços que al dels cascos i els capots grisos.
Una vella acaricia amb la punta dels dits, amb una de­licadesa religiosa, la màniga del seu vestit i pregunta:
—Ir sind a yid, a Litvek, mein kind? (2)
—Da, da, mamenka, ikh bin a yid. Predko, predko, pa­nowie! (3)
De sobte, amb la veu rogallosa però forta, fon en una frase les llengües dels dos exercits enemics:
—Die Kolonne marsch! Xagom marx! (4)
L'andana es queda buida. Els homes de la granota bla­va retiren de l'asfalt draps, trossos de bena, un esclop trencat, una galleda que un nen ha abandonat, i tanquen amb estrèpit les portes dels vagons de mercaderies. Un soroll metàl·lic travessa els vagons mentre el tren es posa en marxa cap a la zona de desinfecci6.
Quan acaben la seva feina, el Kommando torna al camp per la porta de servei. Els trens procedents de l’est els pitjors: estan infestats de polls i van plens de morts i malalts que emanen una ferum insuportable. En aquests vagons no es troba, com en els que procedeixen d'Hongria, Holanda o Bèlgica, un fiasco de perfum, un paquet de cacau o una llauna de llet condensada.

(1) (Tothom fora)
(2) En jiddisch: `Tu ets jueu, oi, fill meu?'
(3) L'home respon en una barreja de rus, jiddisch i polonès: `Si, mare, sóc jueu. Afanyi's, afanyeu-vos tots!'
(4) `Columna, endavant!' (en alemany); `Marxeu!' (en rus).


"Vida i destí", de Vassili Grossman, 1959 (Publicat el 1980 a Suissa per la censura sovietica a l'URSS)
Trad. Marta Rebón.

dimarts, 29 de juny del 2010

Dordogne

"Pocos antes de estallar la guerra decidí tomarme unas largas vacaciones.
Desde hacía tiempo acariciaba la idea de visitar el valle del Dordoña. Así, pues, hice la maleta y cogí el tren para Rocamadour, adonde llegué de madrugada, cuando el Sol estaba a punto de salir y la Luna todavía brillaba resplandeciente. Fue una inspiración la que me llevó a la Dordoña antes de sumergirse en ese brillante y blanquecino mundo griego. Echar un vistazo al negro y misterioso río, en Domme, desde el hermoso risco situado en el extremo de la ciudad, es algo que no se puede olvidar en toda la vida. Para mi este río, esta región, pertenecen al poeta Rainer María Rilke. No es francesa, ni austríaca, ni siquiera europea; es la región del encanto en la que se han aventurado los poetas y la que sólo ellos tienden derecho a reivindicar. De este lado de Grecia, es la parte más proxima al Paraíso. Por hacer una concesión llamémosle el paraíso francés. En efecto, ha debido ser un paraíso durante muchos miles de años. Creo que así fue para el hombre de Crogmanon, a pesar de que los restos fosilizados de las grandes cavernas parecen indicar una vida azorada y aterradora. Creo que el hombre de Crogmanon se estableció en este sitio porque era extremadamente inteligente y tenía desarrollado en alto grado el sentido de la belleza. Creo que su sentimiento religioso estaba ya muy adelantado y que florecía aquí, aunque el hombre viviera como un animal en las profundidades de las cavernas. Creo que esta apacible región de Francia será siempre un lugar sagrado para el hombre, y que cuando las ciudades maten a los poetas ella será el refugio y la cuna de los venideros. Lo repito, el ver la Dordoña fue para mi de la mayor importancia: me da esperanza en el futuro de la raza, en el futuro de la tierra misma. Francia puere dejar de existir un día, pero la Dordoña vivirá como viven los sueños y sustentará el alma de los nombres."

"El coloso de Marusi"
Henry Miller, 1941. En traducció de Ramón Gil Novalis.

dimarts, 8 de juny del 2010

Yotsuya

"Quan feia un quart que caminàvem vaig començar a suar, de manera que em vaig treure la camisa de cotó i em vaig quedar en samarreta. La Naoko es va arromangar les mànigues del jersei , d'un to gris clar i descolorit de tantes rentades. Em semblava que l'hi havia vist portar feia molt temps, però era més una impressió que no pas un record clar: en aquell moment encara no podia recordar gaires coses d'ella.
-¿Què tal, viure amb altra gent? ¿És divertit?- em va preguntar.
-No ho sé. Només fa un mes que hi visc -vaig dir. Però no està malament. Es pot suportar.
Ella es va aturar davant una font, va fer un glop d'aigua i es va eixugar els llavis amb un mocador blanc que es va treure de la butxaca dels pantalons. Llavors es va ajupir i es va tornar a lligar els cordons de les sabates amb molta cura.
- ¿Trobes que jo també hi podria viure?
- ¿Amb altre gent?
- Si- va dir ella.
- No ho sé, suposo que tot és qüestió de proposar-s'ho. De fet, hi ha força coses que et poden molestar: moltes normes, uns quants imbècils que es creuen que són els reis del mambo, algun company d'habitació que es lleva a quarts de set per fer gimnàstica... Però si penses que vagis on vagis serà igual, és insuportable. Si et mentalitzes que hi has de viure per nassos, hi vius i ja està.
- És clar... - va dir ella assentint amb el cap, i es va quedar una estona pensarosa. Llavors em va mirara la cara com si escodrinyés algun objecte estrany, i en aquell moment vaig veure que tenia uns ulls esgarrifosament clars i profunds. Fins llavors no m'hi havia fixat. De fet, mai no havia tingut ocasió de mirar-la fixament als ulls. Era la primera vegada que sortíem a passejar sols i que parlàvem tanta estona.
- ¿Que vols anar a viure a una residència? - li vaig preguntar.
- No, no és això- em va respondre-. Només em preguntava com devia ser viure amb altra gent. És que... - va començar, però es va mossegar els llavis com si busqués les paraules justes les paraules justes per dir el que volia. Al final no les va trobar. Va fer un sospir i va abaixar la vista-. Jo què sé... Deixa-ho córrer.
Aquí es va acabar la conversa. Ella va continuar caminant cap a l'est i jo la vaig seguir una mica endarrerit.
Feia un any que no ens veiem, i en aquell any s'havia aprimat tant que gairebé semblava una altra. Havia per¬dut la rodonesa de les galtes i el coll se li havia tornat molt fi, però tot i així no es pot dir que estigués escanyo¬lida ni que fes mala cara. Era com si s'hagués aprimat de manera natural i serena, com si s'hagués amagat en un lloc estret i llarg fins que el cos se l'hi hagu6s emmotllat. Estava més maca que mai. Vaig pensar que l'hi diria, però no vaig trobar la manera d'expressar-ho i m'ho vaig callar.
De fet, no havíem pas quedat per veure'ns, sinó que ens vam trobar de casualitat en un vagó de tren de la línia Chuo. Ella anava al cinema tota sola, i jo tenia pensat fer un volt per les llibreries de Kanda, de manera que cap dels dos tenia res urgent per fer. Quan ella va proposar que baixéssim va resultar que érem a l'estació de Yotsuya. Tampoc ens havíem de dir res especial, i per això no havia acabat d'entendre per que havia suggerit que baixéssim allà. No havíem tingut mai gran cosa a dir-nos.
En sortir de 1'estació la Naoko va començar a caminar sense dir res i jo la vaig seguir, caminant a un metre darrere seu. Evidentment, si hagués volgut hauria pogut atrapar-la, però la timidesa m'ho impedia. Mentre caminava mirava la seva esquena i els seus cabells, llisos i fos¬cos. Hi duia un passador gros, de color marró, i quan mirava cap a un costat li veia l'orella, petita i blanca. De tant en tant es girava i em deia alguna cosa. Tan aviat era un comentari que li podia contestar com cal, com alguna cosa que no tenia ni idea de com respondre. Algunavegada no sentia el que em. deia, però a ella tan li feia. Quan havia dit el que volia dir, es girava cap endavant i continuava caminant. Vaig pensar que almenys feia bon dia. per passejar.
Per la manera corn caminava la Naoko, però, no es pot pas dir que fos una simple passejada. En arribar a Lidabashi va girar cap a la dreta, va pujar a la vora. del canal, va travessar el carrer a la cruïlla de Jimbocho va enfilar la costa d'Ochanornizu fins a sortir a Hongo. Llavors va continuar fins a Komagome seguint les vies del tramvia. Era, una bona tirada. Quan vam arribar a Komagorne el sot ja es ponia. Era un vespre seré de primavera.
- ¿ On som? -va preguntar com si de sobte s'adonés que era en un lloc que no coneixia.
- A Komagome vaig dir - ¿Que no t'has adonat? Hem fet una bona caminada.
- ¿I per què hi hem vingut?
- Hi has vingut tu. Jo nomes t’he seguit.
Vam entrar en un restaurant de prop de 1'estació i vam demanar un bol. de fideus. Com que tenia set, em
vaig beure una cervesa. Des que vam fer la comanda fins vam acabar de sopar no vam dir res. Jo estava cansat de tan caminar i ella es va quedar asseguda, amb les mans damunt la taula i altre cop pensarosa. A la televisi6 deien que aquell diumenge havia fet tan bo que la majoria de llocs turístics havien registrat una ocupaci6 molt alta. I nosaltres havíem caminat de Yotsuya a Komagome, vaig pensar.
- Estàs molt en forma – li vaig dir en acabar-me fideus.
- ¿T’'he sorprès?

[…]

- Doncs jo estic rebentat
- Perdona'm. T’he fet perdre el dia.
- No pateixis. Estic content que hàgim pogut par¬lar, No hi havíem parlat mai, tots dos sols - li vaig dir mentre intentava recordar sense èxit alguna cosa de que haguéssim parlat aquell dia.
Ella s'entretenia jugant amb el cendrer que hi havia a la taula.
- D’això... Si et va bé... Bé, si no et fa res... ens po¬dem tornar a veure? Ja se que no tinc cap dret a dema¬nar-t'ho, però...
-¿Que no hi tens cap dret? —vaig dir sorprès - ¿Què vols dir?
Ella es va posar vermella. Potser la meva reacció havia estat exagerada.
- No se corn explicar-ho —va dir corn per excusar-¬se. Es va apujar les mànigues del jersei fins més amunt del colze i se les va tornar a abaixar. La llum del restau¬rant li va tenyir el borrissol dels braços d'un bonic color daurat- No volia dir que no hi tinc cap dret. Ho volia dir d'una altra manera."
Va posar els colzes a la taula i es va quedar mirant el calendari que hi havia penjat a la paret, com si esper6s trobar-hi l'expressi6 adequada. Evidentment, no l'hi va trobar. Va deixar anar un sospir, va tancar els ulls un mo¬ment i des res es va posar a jugar amb el passador.
- No t’hi amoïnis – li vaig dir—. Ja sé què vols dir, però tampoc sé com expressar-ho.
- No sé parlar bé —es va plànyer la Naoko—. Últimament sempre em passa. Quan vull dir una cosa no¬mes em venen al cap paraules que no son. A vegades fins i tot dic coses que volen dir el contrari del que vull dir. I si provo de corregir-me, l’únic que faig és embolicar-ho mes i acabo sense saber que volia dir al principi. Es com si estigués dividida en dues parts i m'anés empaitant a mi mateixa. Com si al mig hi hagués una colum¬na molt ampla i una part de mi anés fent voltes empaitant l'altra part, que és la que té les paraules que vull dir. I m’és impossible atrapar-la. - Va aixecar el cap i em va mirar als ulls—.¿ Que m'entens?
- Em sembla que, qui mes qui menys, tothom se sent així - vaig respondre-. Tothom intenta expres¬sar el que pensa realment però es frustra perquè veu que no se'n surt.
En sentir la meva resposta la Naoko va quedar una mica decebuda.
- Això és diferent —va dir, però no va afegir res més.
- Podem quedar quan vulguis vaig dir—. Els diumenges no faig res, i caminar m'anirà bé.
Vam agafar un tren de la línia Yamanote, i a Shinju¬ku ella va fer el canvi per agafar la línia Chuo. Vivia en un piset de lloguer al barri de Kokubunji.
- Per cert, ¿trobes que parlo diferent? —em va pre¬guntar quan ja ens acomiadàvem.
- Una mica si - vaig respondre, però no et sabria dir què és. De fet, abans ens veiem molt però no re¬cordo que parléssim gaire.
- Tens raó - va admetre - ¿Et va bé si et truco dissabte?
- I tant. Ho estaré esperant - vaig dir."


"Tòquio Blues, Norewegian Wood"
de Haruki Murakami.
Traducció de Albert Nolla

diumenge, 6 de juny del 2010

El maquinista de la general



En honor d'aquells que ens feren com som...

dilluns, 31 de maig del 2010

Waterloo Station

"No le gustó esa ciudad, pero paseó con interés, largo rato, por el desabrido y laberíntico East End, el centro de la vida gris de Spider. Y se sintió fascinado por las grades y algo vetustas estaciones ferroviarias, Waterloo muy especialmente. Se extasió unos momentos, en Bloomsbury, ante el edificio de la enigmática Swedenborg Society y rememoró la extraordinaria revelación que le llegó al pensador sueco,un día de pie en el balcón de la segunda planta de aquella casa: si mal no recordaba, la revelación decía que, cuando un hombre muere, no se da cuenta de que ha muerto, ya que todo lo que le rodea sigue igual, pues se encuentra en su casa, le visitan sus amigos, recorre las calles de su ciudad; no piensa que ha muerto, hasta que empieza a notar que en el otro mundo todo es como en éste, sólo que con unas dimensiones ligéramente más amplias."

"Dublinesca", de Enrique Vila-Matas

dissabte, 22 de maig del 2010

Después de las cinco

"Hora: Después de las cinco.
Personaje: Riba.
Tema: La vejez de Riba.
Acción: Sucede íntegramente en la imaginación de Riba, en el tren en el regresan de Dalkey a Dublín. Con la canción Ay Milly Bloom de fondo, imagina que ese fantasma que le acecha y que toma nota de todo lo que ocurre en el tren, y del que casi oye la respiración es un joven principiante en el mundo de las letras; alguien que lleva semanas adentrándose en una aventura que le vuelve loco y que, además, no sabe que a la larga le acabará dejando sepultado debajo de los libros que compondrán su obra: una obra que le impedirá tarde o temprano -en historia paralela a lo que le ha sucedido a él como editor, que hoy en día ve oculta su verdadera personalidad por culpa de su catálogo- saber quién es, o quien pudo ser.
Imagina que el joven principiante le ha elegido a él como personaje y cobayo de sus experimentos, como personaje de una novela en torno a la vida real sin estridencias, aunque algo desesperada, de un pobre viejo editor retirado. Imagina que ese joven le observa de cerca, le estudia como si fuera un conejillo de Indias. Se trataría para el principiante de averiguar si vale la pena haberse desvivido por la buena literatura a lo largo de cuarenta años, y para ello va contando la vida cotidiana, sin demasiados sobresaltos, del personaje observado. Al tiempo que estudia si vale la pena tanta pasión literaria, va contando cómo su editor retirado busca todavía lo nuevo, lo vivificador, lo extranjero. Se acerca al personaje todo lo que puede -a veces se acerca incluso en su sentido más físico- y narra los problemas que el hombre tiene con el budismo de su mujer al tiempo que comenta sus movimientos - un funeral en Dublín, por ejemplo, para llenar el tiempo vacío.
Imagina que el principiante se está proponiendo en la novela desmontar cierto tipo de procedimientos convencionales, pero no buscando transformar la literatura en una zona misteriosa, sino tratando de que al editor literario también pueda vérsele como un héroe de nuestro tiempo, como un indivíduo que es testigo de la desaparición de los editores de raza y reflexiona en el duro contexto de una sociedad que avanza a pasos agigantados hacia la estupidez y el fin del mundo.
Imagina que de pronto se acerca tanto a ese principiante que acaba sentándose encima de él y tapándole la vista, asfixiandole de tal modo que el pobre jovencito se queda viendo sólo una gran mancha confusa, en realidad un fragmento de la chaqueta oscura del editor escrito.
Aprovechándose de tan oportuna mancha que paraliza pasajeramente los resortes narrativos del principiante, logra Riba colocarse en todos los sentidos en el sitio de éste, y apoderarse plenamente de su modo de ver las cosas. Descubre entonces, no sin sorpresa, que comparte con él absolutamente todo. Para empezar, una idéntica tendencia a contar y a interpretar - con las deformaciones propias de un lector muy literario- aquellos sucesos cotidianos que atañen a su vida.
El tren se adentra luego en un túnel y al final se queda sin nada de imaginación. Imaginación cero. Oscuridad total. Llega un poco de claridad cuando salen del túnel y vuelve a ver la luz del atardecer. Cree que ya ha pasado todo. Y de pronto, nota un roce espectral en la espalda. Se queda por un momento inmóvil en su asiento y acaba poco a poco comprendiendo que el principiante sigue allí, al acecho."

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas

dimecres, 19 de maig del 2010

Una traductora sense sentit i sense sensibilitat

No hi havia, a priori, cap probabilitat de que un llibre de Jane Austen entrés dins d'aquest blog que busca la integració del ferrocarril dins de l'art.

Però gràcies al merit de traducció de N'Ana Mª Rodriguez, Jane Austen té, al menys, una entrada també molt meritòria en aquest espai de la xarxa.

Jo suposo que a les facultats de Traducció i Interpretació hi ha moltes hores dedicades al llenguatge, a les formes de les llengües, a l'esperit de les llengües i a les variacions de esperit d'unes a d'altres... però de vegades la dimensió temps i espai queda oblidada i la lògica arraconada.

En la edició de Radom House Mondadori de 1996, llegim:

[...]
"En aquel momento anunciaron que los Caballos del Coronel Bandon estaban preparados.

-¿Irá usted a caballo a la ciudad? - preguntó sir John.

-No; solamente hasta Honiton. Luego tomaré el tren correo."
[...]

Potser, si no estigués pensant en recollir tot allò que ens els llibres em parli de trens, ho haguès deixat passar... però com estava segur que en aquest llibre no trobaria res, en trobar-ho i fer-ho de manera tant explicita, una alarma va saltar dins el meu cap.

I es que si Jane Austen va publicar el seu llibre el 1811 i ella va morir el 1817, com podia el seu personatge agafar el tren correu per anar a Londres? Perquè tot i que la màquina de vapor es va inventar cap el 1794, no va ser fins el 1825 que George Stephenson va construir la Locomotion. I fins el 1830 no va inaugurar-se la primera línia comercial, de Liverpool a Manchester...

He decidit anar a l'origen del text de Austen, a veure que hi diu...

[...]
Colonel Brandon's horses were announced.

"You do not go to town on horseback, do you?" added Sir John.

"No. Only to Honiton. I shall then go post."
[...]

Deu ni do amb la traductora... Intueix el que vol dir el coronel però sense situar-se en la data que toca i fa que per la Anglaterra enfrontada a Napoleó circuli veloçment un tren correu.

divendres, 14 de maig del 2010

Cardedeu, on il pleu

Cardedeu Est

Cardedeu centre


Cardedeu Oest

dijous, 13 de maig del 2010

Le petit train



"En la radio la música que ahora suena es de Rita Mitsouko, Le petit train. Un primer paso hacia la gran traición a todo lo francés, grita Javier entusiasmado. Y Riba no tiene más remedio que apartar el auricular de su oido. Javier está demasiado excitado. ¿Traición a lo francés? ¿Acaso se puede traicionar a Rimbaud y a Gracq?"

de "Dublinesca" de Enrique Vila-Matas